domingo, 7 de junio de 2009

TELEREALIDAD, DESESTRUCTURACIÓN Y FAMILIA


Pedro García Aguado, ex-campeón mundial de waterpolo, ex-cocainómano; presenta y dirige el nuevo programa de Cuatro "Hermano mayor", situándolo en un exitoso lugar en el prime time de los viernes. Reconducir el morbo hacia la construcción merece, cuanto menos, todos los respetos.

La tendencia actual hacia la telerealidad, más o menos manipulada, se está convirtiendo en la añorada gallinita clonada que todos quieren poner en sus cadenas. Dicen que pone los huevos de oro, la que menos los pone de cobre, que en estos tiempos es decir mucho.

Adaptación española de origen francés, gira en torno a familias rotas por adolescentes con problemas de drogadicción. Pese a desconocer la fidelidad mostrada al modelo original ni los índices reales de solución del conflicto, si que se le intuye una cualidad innata por la que este método funciona en nuestro país.
Por algún motivo, en la sociedad española comerse la mierda que otro se ha comido antes marca una línea respeto. Y si no te la has comido, no te creo, no me vales.

La altividez con la que profesionales de cualquier ámbito (música, literatura, cine, arquitectura o psicología en este caso) son mirados, juzgados y en muchos casos despreciados, va más allá de la cordura y es conocida por todos. Algo que no nos debería extrañar en una población en la que un 50% de sus habitantes, según recientes encuestas, reconoce no leer NUNCA un libro y, ni mucho menos, sentirlo necesario o avergonzarse por ello.

Retomando el asunto. El coach, el hilo conductor, el psicólogo en prácticas aquí, es un ex-yonki. Y eso vale mucho. Para pacientes y para telespectadores.
Nuestra dosis de redención, de fuga del fango, casa bien con la ayuda prestada, y como viene siendo habitual, con el morbo que supone la miseria ajena.

Evidentemente García Aguado sabe de lo que habla, y lo transmite desde el dolor, desde un dolor que muchos no quieren ver y del que pocos han salido. Las situaciones extremas, el temple y la cintura con la que el psicopresentador trata los temas es admirable. Siempre parece saber cuánto escuchar, como cortar y hasta dónde tirar de la cuerda.

El post gusto del programa sabe amargo. Nos cuesta creer que las andanzas no vuelvan por si solas en jóvenes con entornos imposibles y muy mejorables. Cuesta pensar que no van a ser devueltos a la ciénaga en cuando la cámara se apague. Ojala no. Y ojala los que anden bordeando la línea blanca, al otro lado de la pantalla, duden un poco. Que en estos tiempos, de nuevo, es decir mucho.

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