miércoles, 3 de junio de 2009

Sin palabras

Así me ha dejado la última película de Tom McCarthy, The Visitor. El trailer prometía, pero nunca pensé que el resultado fuera algo tan exquisito y delicado.

El protagonista, Walter Vale, encarnado por un Richard Jenkins inmenso, nos lleva de la mano por un camino íntimo y afectivo en el que Vale experimenta su propia transformación, desde la apatía más gris hasta la luz, el ritmo y la sonrisa. Un hombre sin anhelos, que reconoce haber perdido el gusto por la vida y que, gracias a un giro del destino, es capaz de recuperarlos y volver a disfrutarlos.


Un giro que aparece, inesperado y sorprendente, a través de Mouna, Tarek y Zainab, tres inmigrantes ilegales que dan vida a la ‘segunda’ historia de la cinta, aunque no por ello menos importante. Estas tres vidas, llenas de incertidumbre e inseguridad, terminan tejiendo un futuro común con la del protagonista, mostrándonos que, aunque vivir como uno quiere no siempre es posible, no por ello hay que perder la capacidad de sonreír ante cualquier circunstancia. Capacidad de la que muchas veces (en opinión de quien escribe) se nos olvida o, sencillamente, nos da pereza ejercitar.

El director, Tom McCarthy, dirige magistralmente a los actores, creando una atmósfera envolvente que, poco a poco, nos implica en la vida de estos personajes tan humanos y cercanos.

Sin duda, se podría afirmar que la música es el cuarto personaje de la historia, acompañando en todo momento la evolución interna del protagonista y haciéndonos conocer su ‘pequeño-gran’ cambio interior, antes, incluso, que el mismo. Una música nostálgica y melancólica cuando nos llega a través del piano; alegre y vital cuando nos seduce con la percusión de un djembe africano.

Para terminar, sólo caer en la cuenta de que, al parecer, 'sí tenía palabras'. Y es que hay cosas que uno no debe guardarse para si mismo y The Visitor es una de ellas.
Natalia Diz (junio 09)

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