El drama del que nos hace participes la última película de Sam Mendes, Revolutionary Road, es, a la vez, terrible y cercano. Terrible porque nos narra la historia de un desencuentro, de un amor que no descubre un territorio común para crecer, y de un desenlace que nos deja la sangre congelada en el cuerpo. Y cercano porque es la historia de siempre, los problemas en las parejas y matrimonios, a los que la vida, o las propias miserias, vapulean a su antojo.
A pesar del desasosiego interior con el que esta película se fijó en mi cabeza, me quedan fuerzas para reconocer un trabajo actoral de primer orden. Un trabajo que traspasa la pantalla hasta llegar a mi butaca. Un trabajo de fuerte exploración emocional para hacernos sentir en la piel la tragedia de estos personajes.
Sam Mendes ha sabido sacar lo mejor de su esposa, Kate Winslet, y de un infravalorado (sin motivo) Leonardo Di Caprio. Sin olvidar, a unos personajes secundarios, como Kathy Bates, que arropan la interpretación de los protagonistas, matizando las similitudes y diferencias que éstos tienen con su entorno.
Por otro lado, la estética de cada una de las secuencias es impecable, desde el vestuario, hasta los decorados, consiguiendo ese ambiente cálido, de aparente ‘normalidad’, pero que esconde muchos fantasmas en su armario.
119 minutos en Revolutionary Road que, quizás, terminen ‘revolucionándote’ a ti también.
Natalia Diz (junio 09)
jueves, 4 de junio de 2009
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