martes, 9 de junio de 2009

Desdoblamiento

El temor a no ser nadie, sólo otro individuo insignificante dentro de la masa anónima, es algo que a todo el mundo le asalta en algún momento. También la necesidad de encontrar algo que nos haga especiales, diferentes al resto. Sobre estas ideas Oscar de Julián ha realizado el desconcertante cortometraje Doppelganger, falso documental que, a la manera de Adaptation (Spike Jonze, 2002), se mueve en la fina línea que separa el cine de la realidad, la ficción del documental, el personaje de la persona.

¿Quién es Oscar de Julián?, ¿un realizador de cine y TV con problemas de autoestima o un excéntrico escultor colombiano?, ¿o son los dos? Estas preguntas no le dejan de asaltar al espectador mientras asiste a la cómica y surrealista (eso sí, filmada con toda la seriedad del cine-reportaje) búsqueda por parte de De Julián de un alma gemela, un doppelganger que le ayude a encontrar el sentido a su propia existencia. Cuando encuentra a su doble encarnado en la figura de un artista colombiano el filme adopta la forma de emocionante testimonio en primera persona: en él el necro-escultor relata las dificultades y alegrías por las que ha pasado a lo largo de su complicada vida, despertando la complicidad y el cariño del público y ayudando al protagonista a comprender que, en el fondo, todos somos especiales por algún motivo u otro.

De esta manera el filme funciona tanto como fábula de mensaje conciliador como ensayo desde la ficción sobre los diversos formatos documentales en cine y televisión. Además, la ambigüedad no deja de planear en ningún momento sobre el trabajo de De Julián, pues nunca llega a quedar claro quién de los dos tocayos es el realizador, o si realmente ambos son personas reales y no personajes de ficción. Es más, yo incluso diría que el hecho de que mantenga ese hilarante misterio, en el que se incluye la existencia de la necro-escultura (tan estrafalaria como plena de capacidad poética), le da un plus de de calidad a este insólito cortometraje.

domingo, 7 de junio de 2009

TELEREALIDAD, DESESTRUCTURACIÓN Y FAMILIA


Pedro García Aguado, ex-campeón mundial de waterpolo, ex-cocainómano; presenta y dirige el nuevo programa de Cuatro "Hermano mayor", situándolo en un exitoso lugar en el prime time de los viernes. Reconducir el morbo hacia la construcción merece, cuanto menos, todos los respetos.

La tendencia actual hacia la telerealidad, más o menos manipulada, se está convirtiendo en la añorada gallinita clonada que todos quieren poner en sus cadenas. Dicen que pone los huevos de oro, la que menos los pone de cobre, que en estos tiempos es decir mucho.

Adaptación española de origen francés, gira en torno a familias rotas por adolescentes con problemas de drogadicción. Pese a desconocer la fidelidad mostrada al modelo original ni los índices reales de solución del conflicto, si que se le intuye una cualidad innata por la que este método funciona en nuestro país.
Por algún motivo, en la sociedad española comerse la mierda que otro se ha comido antes marca una línea respeto. Y si no te la has comido, no te creo, no me vales.

La altividez con la que profesionales de cualquier ámbito (música, literatura, cine, arquitectura o psicología en este caso) son mirados, juzgados y en muchos casos despreciados, va más allá de la cordura y es conocida por todos. Algo que no nos debería extrañar en una población en la que un 50% de sus habitantes, según recientes encuestas, reconoce no leer NUNCA un libro y, ni mucho menos, sentirlo necesario o avergonzarse por ello.

Retomando el asunto. El coach, el hilo conductor, el psicólogo en prácticas aquí, es un ex-yonki. Y eso vale mucho. Para pacientes y para telespectadores.
Nuestra dosis de redención, de fuga del fango, casa bien con la ayuda prestada, y como viene siendo habitual, con el morbo que supone la miseria ajena.

Evidentemente García Aguado sabe de lo que habla, y lo transmite desde el dolor, desde un dolor que muchos no quieren ver y del que pocos han salido. Las situaciones extremas, el temple y la cintura con la que el psicopresentador trata los temas es admirable. Siempre parece saber cuánto escuchar, como cortar y hasta dónde tirar de la cuerda.

El post gusto del programa sabe amargo. Nos cuesta creer que las andanzas no vuelvan por si solas en jóvenes con entornos imposibles y muy mejorables. Cuesta pensar que no van a ser devueltos a la ciénaga en cuando la cámara se apague. Ojala no. Y ojala los que anden bordeando la línea blanca, al otro lado de la pantalla, duden un poco. Que en estos tiempos, de nuevo, es decir mucho.

El camino a la perdición de una pareja

Revolutionary Road es otra de esas películas de Mendes que provocan un efecto de ternura y comprensión mezclado con rabia y desasosiego. Es una cinta capaz de atrapar al espectador desde el inicio del filme, para convertirlo en el espía de una historia de reproches y sueños rotos, un retrato cínico y sombrío de la vida de un convencional matrimonio americano de clase media, que atraviesa la frontera de los 40 con dificultad.

El mismo fatalismo flagrante que reverbera en nuestra memoria desde American Beauty, vuelve ahora con hechos atroces qua hacen añicos a la familia Wheeler. En realidad, Mendes ahonda en las consecuencias que producen los valores engañosos y superficiales cuando agudizan las contradicciones de las familias pequeño-burguesas. Así, la utopía del sueño americano y la insatisfacción de las promesas incumplidas, producen una hemiplejia moral en la convivencia de una pareja condenada al desamor y que contempla desolada cómo el paso monótono y erosionante del tiempo consume sus vidas, unas vidas consagradas a trabajos rutinarios y demoledores que, paradójicamente, hacen posible la vida de una casa en la que sus habitantes se sienten ajenos, extraños y forasteros.

Revolutionary Road es una película crítica que nos abruma gracias a su planteamiento y su minuciosa planificación, pero que además tiene a su favor un aspecto sin el cual no nos habría causado la misma conmoción: Kate Winslet y Leonardo Di Caprio realizan un memorable trabajo, once años después de Titanic. La mujer de Mendes y Di Caprio nos sobrecogen con sus miradas arrasadas de culpabilidad y ambos consiguen que hallemos lógica la desesperación de sus personajes, en medio de unos silencios y balbuceos que nos preparan para un desenlace que resulta demasiado previsible en los últimos diez minutos de la película, dejándonos un sabor agridulce que aborta la posibilidad de que Revolutionary Road sea la gran producción que podría haber sido y que todos deseábamos que fuera.

YA NO TE QUIERO

Las cuatro palabras malditas resonaron como si doliera pronunciarlas. El chico tenía delante a la chica y primero jugaron a un intercambio de miradas que ya estaban vacías de complicidad y de guiños.

Lo vemos todos los días; primero un desencuentro amoroso inesperado, luego una reacción llena de ansiedad por buscar explicaciones a lo que no se expresa con palabras y finalmente un deseo enfermizo por escuchar de la boca del otro algo equiparable a la solución perfecta y a la vuelta a la normalidad. Todo sea por evitar escupir las cuatro palabras que desencadenarían el llanto, los reproches y el rencor.

“La explicación” es un escaparate al que el espectador se asoma como un mirón para descubrirse reflejado en detalles de la excéntrica conversación que unos soberbios Gustavo Salmerón y Ximena Suárez sostienen durante nueve intensos minutos. Esta podría haberse desarrollado de una forma mucho más hiriente y dramática desde el principio, pero Novallas ha retrocedido unos pasos previos al momento de enfrentarse a la verdad y ha jugado con el humor en tan delicada situación. ¿Quién no piensa que la culpa de que ya haya desaparecido el amor pueda ser del otro? A lo mejor no es simplemente “Ya no te quiero”, sino “Ya no te quiero porque tú… no eres como antes, eres un desastre en la convivencia, no me demuestras que me quieres”. Esta idea, por supuesto, no hace que te sientas más en paz contigo mismo, pero reconforta pensarlo –y prolongar el pensamiento- durante varios minutos, a ser posible. Y “La explicación” es la explicación que uno trata de encontrar desesperado a la ausencia de ese sentimiento. Es la simbiosis de la búsqueda de una justificación y de la derrota ante lo evidente.

El director ha sabido retratar en pantalla la historia de un fracaso amoroso y, no obstante, no deja de mostrarse optimista. Porque, ¿Quién no querría ser capaz de pronunciar esas fatídicas cuatro palabras sabiendo que, después de todo, siempre quedará el comienzo de una gran amistad?

viernes, 5 de junio de 2009

PARADOJA (Crítica de The Visitor)

Walter Vale: un hombre ya maduro y viudo. Un alma solitaria en medio de una gran ciudad. El aparentemente ocupadísimo, aquel que se muestra tan serio, sin un ápice de corazón o de emotividad. Sin embargo, un día, el protagonista de una vida tan triste, encuentra una oportunidad para convertirse en el actor secundario de la trama de una familia que no es la suya. Comenzamos con las paradojas. Un viaje de trabajo le hace aprender a disfrutar. En Manhattan, se encuentra con desconocidos que compartirán con él su intimidad ya que vivirán en su propia casa.
W. Vale, se choca de lleno contra una realidad que le hace despertar, la de otras gentes que viven peor que él. Esta sorpresa le saca de su automatismo, de su sin-sentido, y le nacen las fuerzas para volver a vivir. Por fin puede mostrar su lado humano, tierno y hasta gracioso. Es paradójico pensar que lo sorprendente de esta historia es lo habitual que nos resulta. Walter Vale representa tú y yo, alguien para quien seguir adelante muchas veces supone llevar la vida a cuestas, alguien que se ahoga en un vaso de agua, una persona atrapada en la rutina y la monotonía, en el trabajo y el automatismo y que, aunque represente a una mayoría, vive ajeno a la realidad. Pero la vida da muchas vueltas. Y, en el caso de Walter, la ilusión que acaba con la desidia dura hasta que llegan la frustración y la impotencia de saber que quiere y no puede luchar contra algo tan grande: el sistema americano. Así encontramos: al inmigrante contra la nación de destino, la deportación que no es sino que te envíen al lugar del que has venido y al que, para más INRI no quieres volver. Y sigue: el ciudadano natural que ve más allá de lo establecido, que cuestiona lo incuestionable, que se enfrenta a lo inamovible. La hormiga contra el mundo.
Lo mejor de la película es su sencillez a la hora de reflejar lo complicado que es el mundo, lo cual tampoco deja de ser otra paradoja. Se cuenta la historia de dos mundos completamente diferentes: el tercero y el primero. Este último representado por la bandera americana a la que estamos tan acostumbrados a ver en las películas para simbolizar la victoria, el triunfo, el éxito, el avance y hasta la felicidad. Bandera que en The Visitor se nos muestra literalmente borrosa.

jueves, 4 de junio de 2009

Revolución

El drama del que nos hace participes la última película de Sam Mendes, Revolutionary Road, es, a la vez, terrible y cercano. Terrible porque nos narra la historia de un desencuentro, de un amor que no descubre un territorio común para crecer, y de un desenlace que nos deja la sangre congelada en el cuerpo. Y cercano porque es la historia de siempre, los problemas en las parejas y matrimonios, a los que la vida, o las propias miserias, vapulean a su antojo.

A pesar del desasosiego interior con el que esta película se fijó en mi cabeza, me quedan fuerzas para reconocer un trabajo actoral de primer orden. Un trabajo que traspasa la pantalla hasta llegar a mi butaca. Un trabajo de fuerte exploración emocional para hacernos sentir en la piel la tragedia de estos personajes.

Sam Mendes ha sabido sacar lo mejor de su esposa, Kate Winslet, y de un infravalorado (sin motivo) Leonardo Di Caprio. Sin olvidar, a unos personajes secundarios, como Kathy Bates, que arropan la interpretación de los protagonistas, matizando las similitudes y diferencias que éstos tienen con su entorno.

Por otro lado, la estética de cada una de las secuencias es impecable, desde el vestuario, hasta los decorados, consiguiendo ese ambiente cálido, de aparente ‘normalidad’, pero que esconde muchos fantasmas en su armario.

119 minutos en Revolutionary Road que, quizás, terminen ‘revolucionándote’ a ti también.


Natalia Diz (junio 09)

miércoles, 3 de junio de 2009

Sin palabras

Así me ha dejado la última película de Tom McCarthy, The Visitor. El trailer prometía, pero nunca pensé que el resultado fuera algo tan exquisito y delicado.

El protagonista, Walter Vale, encarnado por un Richard Jenkins inmenso, nos lleva de la mano por un camino íntimo y afectivo en el que Vale experimenta su propia transformación, desde la apatía más gris hasta la luz, el ritmo y la sonrisa. Un hombre sin anhelos, que reconoce haber perdido el gusto por la vida y que, gracias a un giro del destino, es capaz de recuperarlos y volver a disfrutarlos.


Un giro que aparece, inesperado y sorprendente, a través de Mouna, Tarek y Zainab, tres inmigrantes ilegales que dan vida a la ‘segunda’ historia de la cinta, aunque no por ello menos importante. Estas tres vidas, llenas de incertidumbre e inseguridad, terminan tejiendo un futuro común con la del protagonista, mostrándonos que, aunque vivir como uno quiere no siempre es posible, no por ello hay que perder la capacidad de sonreír ante cualquier circunstancia. Capacidad de la que muchas veces (en opinión de quien escribe) se nos olvida o, sencillamente, nos da pereza ejercitar.

El director, Tom McCarthy, dirige magistralmente a los actores, creando una atmósfera envolvente que, poco a poco, nos implica en la vida de estos personajes tan humanos y cercanos.

Sin duda, se podría afirmar que la música es el cuarto personaje de la historia, acompañando en todo momento la evolución interna del protagonista y haciéndonos conocer su ‘pequeño-gran’ cambio interior, antes, incluso, que el mismo. Una música nostálgica y melancólica cuando nos llega a través del piano; alegre y vital cuando nos seduce con la percusión de un djembe africano.

Para terminar, sólo caer en la cuenta de que, al parecer, 'sí tenía palabras'. Y es que hay cosas que uno no debe guardarse para si mismo y The Visitor es una de ellas.
Natalia Diz (junio 09)