W. Vale, se choca de lleno contra una realidad que le hace despertar, la de otras gentes que viven peor que él. Esta sorpresa le saca de su automatismo, de su sin-sentido, y le nacen las fuerzas para volver a vivir. Por fin puede mostrar su lado humano, tierno y hasta gracioso. Es paradójico pensar que lo sorprendente de esta historia es lo habitual que nos resulta. Walter Vale representa tú y yo, alguien para quien seguir adelante muchas veces supone llevar la vida a cuestas, alguien que se ahoga en un vaso de agua, una persona atrapada en la rutina y la monotonía, en el trabajo y el automatismo y que, aunque represente a una mayoría, vive ajeno a la realidad. Pero la vida da muchas vueltas. Y, en el caso de Walter, la ilusión que acaba con la desidia dura hasta que llegan la frustración y la impotencia de saber que quiere y no puede luchar contra algo tan grande: el sistema americano. Así encontramos: al inmigrante contra la nación de destino, la deportación que no es sino que te envíen al lugar del que has venido y al que, para más INRI no quieres volver. Y sigue: el ciudadano natural que ve más allá de lo establecido, que cuestiona lo incuestionable, que se enfrenta a lo inamovible. La hormiga contra el mundo.
Lo mejor de la película es su sencillez a la hora de reflejar lo complicado que es el mundo, lo cual tampoco deja de ser otra paradoja. Se cuenta la historia de dos mundos completamente diferentes: el tercero y el primero. Este último representado por la bandera americana a la que estamos tan acostumbrados a ver en las películas para simbolizar la victoria, el triunfo, el éxito, el avance y hasta la felicidad. Bandera que en The Visitor se nos muestra literalmente borrosa.
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